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14 June 2007

Rusia rompe con el ultraliberalismo


El destacado dirigente del imperialismo ruso habla de un nuevo ciclo económico que necesariamente enfrentará a Rusia con el imperialismo norteamericano y que reeditará la llamada "Guerra fría"

"La recuperación de Rusia entra en su segunda fase"
por Evgueni Primakov
Para Red Voltaire

Durante el año 2006 Rusia entró en la segunda fase de su recuperación, indica el ex primer ministro Evgueni Primakov. Luego de dedicarse a recuperar el control de las riquezas naturales y a restaurar el poderío militar, Vladimir V. Putin ha roto con las teorías ultraliberales. En lo adelante, el Estado interviene de nuevo en la economía para organizar el desarrollo del territorio, incluyendo la parte asiática de la Federación. Las ganancias provenientes de la exportación de hidrocarburos se inyectan en la economía interna para luchar contra la pobreza, sin temor a un regreso a la inflación. Pero esta política enfrenta nuevos peligros: el incremento del chovinismo dentro del país y, en el exterior, el aventurerismo militar estadounidense.

2006, año de la ruptura
Ruptura significa que las grandes tendencias, las tendencias determinantes, son sustituidas por contratendencias. No resulta en lo absoluto obligatorio que estas adquieran inmediatamente su perfil integral, menos aún que alcancen el punto culminante de su evolución. Si partimos, como en mi caso, de esa visión, el año 2006 fue el de la ruptura con toda una serie de estereotipos impuestos a la sociedad rusa desde principios de los años 1990. ¿Qué quiero decir con esto?

Primeramente, luego de haber pasado mucho tiempo tirando de la cuerda, hemos descartado finalmente –y yo espero que también definitivamente–la idea de que incluso en los albores de la economía, e incluso antes de la creación del primer mercado civilizado desarrollado, sea posible renunciar a una resuelta intervención del Estado en la vida económica del país. Según los dogmáticos liberales, el papel del Estado debe limitarse únicamente a una macrorregulación y el sector real de la economía no tiene ninguna necesidad de inversiones provenientes del Estado. Podemos citar como ejemplo la posición del ministerio de Finanzas, hostil a la creación de un Fondo de Inversiones. En otras palabras, hostil a un financiamiento dirigido, con fondos provenientes del presupuesto del Estado, de los proyectos que el país necesita. Únicamente la obstinación del ministerio de Desarrollo Económico, que entró en conflicto con el ministerio de Finanzas, permitió finalmente la creación de ese Fondo. Dicho sea de paso, la separación, en 2006, del «tándem» ministerio de Finanzas-ministerio de Desarrollo Económico, que anteriormente había defendido la idea de excluir radicalmente al Estado de la economía, se convirtió en un síntoma definitivo de ruptura.

En segundo lugar, el presidente Putin declaró el año pasado que, debido a las elevadas tarifas mundiales de los recursos exportados, las exportaciones de materias primas tenían que servir para desarrollar la economía y elevar el nivel de vida de los rusos. ¿No es esto síntoma de una ruptura con la tendencia que defendían celosamente los que declaraban que el Fondo de Estabilización no debía gastar ni un centavo dentro de Rusia ya que, según decían, eso podía provocar un aumento de la inflación? La inflación, cuyas causas son numerosas, resiste, además, de la misma manera cuando no se toca el Fondo de Estabilización. La política de consolidación desenfrenada de la tasa monetaria real del rublo también está subordinada a la lucha contra la inflación, lo cual afecta gravemente la competitividad de los productores rusos.

La creación del Fondo de Recursos No Renovables es una medida indispensable, lo cual está demostrado por la práctica mundial. Pero, ¿cómo gastar el excedente de los fondos provenientes de los elevados precios de las materias primas? Estuve leyendo un artículo del profesor Alexei Kudrin publicado en la revista Asuntos económicos. Este presenta un interesante panorama que muestra hacia qué objetivos se dirige el dinero proveniente de los recursos no renovables en Kuwait, Alaska, Chili, Noruega y Venezuela. Según ese panorama, en todos esos países sin excepción, esos fondos se convierten de una u otra manera en fuente de financiamiento de la economía nacional.

El ejemplo de Alaska resulta característico. Se crearon dos fondos: un fondo permanente y un fondo de reserva. Alrededor de la mitad del fondo permanente se destina a la población de Alaska en forma de dividendos y el resto se reinvierte. En cuanto al fondo de reserva, este sirve para alimentar el presupuesto. Hay un límite establecido para la utilización de los medios pertenecientes a ese Fondo, pero ese límite no es fijo y puede ser revisado por vía legislativa.

¿Por qué resulta tan importante el ejemplo de Alaska? Porque se trata de un territorio que también presenta problemas de demografía y de desarrollo.

Otro ejemplo característico, el Fondo Petrolero del Estado existente en Noruega (los que se oponen a la utilización de los fondos provenientes de los recursos no renovables gustan de referirse a la práctica de ese país). Sin embargo, según el citado artículo, el dinero proveniente del fondo noruego «sólo puede ser utilizado en transferencias destinadas al presupuesto del gobierno central».

Pienso que en 2007 no prevalecerá la posición de quienes afirman que no se puede utilizar los medios acumulados en el Fondo de Estabilización, ni siquiera para crear infraestructuras en el sector del transporte en Rusia, país que cuenta con 50 000 aglomeraciones urbanas que no están conectadas a las grandes carreteras. Ni para cubrir la parte correspondiente a los ingresos presupuestarios, cuyo descenso está condicionado por la reducción de los impuestos sobre los productos de alta tecnología, la industria de transformación y las pequeñas empresas. También hay una ruptura en la medida en que hay cada día más gente que comprende que la disminución del peso de los impuestos en esos ejes ayudará a la necesaria modificación de la estructura de la economía rusa, conducirá a la búsqueda de su florecimiento y, a fin de cuentas, acrecentará las sumas que alimentan el presupuesto.

En tercer lugar, durante el año 2006 se produjo un viraje decisivo hacia una economía con opción social. Me refiero a los cuatro proyectos nacionales que propuso el presidente Putin, en lo tocante a la salud, la educación, la construcción de viviendas y el desarrollo de la agricultura. El carácter decidido de esa iniciativa está subrayado por el hecho que, desde el comienzo de la reforma de mercado de la economía rusa, los dogmáticos liberales afirmaban que el Estado sólo debe preocuparse por los más débiles y que los demás tienen que resolver por sí mismos sus propios problemas sociales. En el fondo, rechazaban toda inversión del Estado en el hombre.

En cuarto lugar, fue durante el año 2006 que comenzó la lucha contra la corrupción. No puede decir que haya pasado ya del carácter “selectivo”. Pero el hecho de que ciertos corruptores de alto rango hayan sido puestos al margen de los negocios, el hecho que funcionarios intermedios sean objeto de acciones penales es esperanzador. Esperanza que se refuerzan con declaraciones de Vladimir Putin, como aquella en la que señaló que los contactos entre funcionarios provenientes de cualquier nivel y el mundo de los negocios constituye un mal extremadamente peligroso. Si esas palabras se ratifican mediante medidas firmes durante el año 2007, la corrupción se verá privada del medio que la propicia en Rusia.

No se debilita el papel del Estado en la economía
Los logros económicos del año 2006 son innegables. Hace ya varios años que se mantiene el desarrollo económico: cerca del 7% del PIB. Resulta incluso muy superior al nivel medio mundial. Lo principal aquí es que ese florecimiento transcurra sin recesiones importantes y que se mantenga durante un período largo. Por primera vez la inflación no pasó el límite del 10%. Las reservas en oro y divisas alcanzaron una cifra record. Subió el nivel de vida de la población. Creo que todos esos resultados positivos están relacionadas, en buena parte, con la ruptura con las tendencias esbozadas en los años 90.

Pero, ¿se puede considerar que hemos alcanzado con esto un límite a partir del cual el papel del Estado en la economía tendría que ir disminuyendo? No se puede juzgar la situación de esa manera. Durante el año 2006 los éxitos estuvieron acompañados de una serie de desequilibrios que exigen que el Estado tome medidas serias para hacerlos desaparecer. Me detendré sólo en algunos de ellos.

Veamos el primero. A pesar de una dinámica económica positiva, no se vislumbra una salida de la crisis demográfica. Esta reviste dos dimensiones en nuestro país. Por un lado, la disminución de la población en general; del otro, la salida bastante rápida de gente que abandona regiones esenciales en el aspecto económico: Siberia, la Transbaikalia y el Extremo Oriente. En 1991, 22 millones de personas vivían en lo que hoy constituye la circunscripción federal de Siberia. Hoy quedan sólo 19 millones. Hacia fines de 2025, según la previsiones de Rosstat, en Siberia quedará sólo un poquito más de 17,5 millones de habitantes, o sea cerca del 20% menos que en 1991. La circunscripción federal de Siberia representa cerca de la tercera parte de la superficie de Rusia y el problema no es solamente que esa tercera parte está poco poblado. La distribución de la población es allí muy desigual. Como decía, en la reunión del Mercury Club, el representante del presidente Putin, Anatoli Kvachnin, si se traza un círculo de 300 Km. alrededor de Novosibirsk, encontraremos dentro de él 12 millones de habitantes, de los 19 millones que actualmente pueblan Siberia.

La situación demográfica es más difícil aún en el Extremo Oriente, donde la población disminuyó en más del 16% en 15 años. Para resolver el problema demográfico, algo que constituye un objetivo nacional primordial, hay que proponer un plan complejo y sistemático para el desarrollo de esas regiones. Me dirán que ya se han adoptados muchos proyectos de ese tipo. Yo respondería que ninguno de ellos ha tenido un carácter de conjunto, multilateral y sistémico. Claro, eso es consecuencia del hecho que los controles no están a la altura de esos proyectos dispersos ligados a un problema que reviste una importancia vital para Rusia, de una importancia económica, geopolítica y que está directamente ligado a los intereses de su seguridad. Poco antes del fin del año 2006, el presidente Putin mencionó ese tema ante el Consejo de Seguridad. Entonces distribuyó tareas. Veremos cómo se concretan estas en durante el 2007.

Segundo desequilibrio. Durante el 2006 el desarrollo de nuestra economía condujo a una dinámica de consumo más bien elevada. Eso está bien. Pero el aumento del consumo va acompañado del mantenimiento de un bajo nivel de competitividad de los productos de la industria rusa. Ese desequilibrio estimula el incremento de las importaciones, cuyo ritmo es muy superior al de la industria nacional. El año pasado la porción del PIB correspondiente al comercio al por mayor y al detalle fue superior al 35% mientras que bajó la porción correspondiente a la industria. No se trata, naturalmente, de dedicarle menos atención al desarrollo del comercio y del sector de los servicios, lo cual era un defecto de la economía en la época soviética, o de limitar las importaciones. No debemos hacerlo. Pero la cuestión de la competitividad de la producción nacional se plantea con más fuerza aún. Para llegar a una solución, hay que poner a la industria en el camino de la renovación. Y no podremos hacerlo sin una seria intervención del Estado.

En estos últimos años Rusia ha dado un verdadero salto, con la creación de un Fondo de Inversiones financiado por el presupuesto, de un fondo “venture”, de las zonas económicas especiales, con la formación –en proyecto– de un organismo encargado de la gestión pública del desarrollo que se especializará en el financiamiento de los proyectos de inversiones a largo plazo, específicamente en materia de exportación. Al mismo tiempo, y no podemos cerrar los ojos ante esto, tiene poca amplitud la utilización de los instrumentos creados en las actividades de innovación. En Rusia, por ejemplo, se han creado nada más que cuatro zonas de innovación y de desarrollo. Digamos, para establecer una comparación, que en China tienen 57.

En ese sentido, la vía innovadora de desarrollo se hace para Rusia absolutamente indispensable debido a las difilcultades demográficas de nuestro país. Estas dan lugar a una reducción de la oferta de fuerza de trabajo, situación que no solamente se puede resolver mediante una intensificación del trabajo, una elevación de su productividad, lo cual resulta imposible sin el progreso técnico y tecnológico.

Tercer desequilibrio. A pesar de una ligera disminución del número de personas que vive por debajo del límite de pobreza, la desigualdad entre el 10% de la población que tiene los ingresos más altos y el 10 que tiene los ingresos más bajos persiste e incluso se está ampliando. Según las cifras de Rosstat, los ingresos monetarios de los ciudadanos más acomodados van en aumento mientras que los de los más desfavorecidos se estancan. Son por consiguiente los ricos los que más se benefician con el crecimiento económico. Se trata de una tendencia alarmante. Y que está lejos de ayudar a estabilidad social de Rusia.

Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta otro aspecto del problema, que yo calificaría de circunstancia agravante. Se sabe que, en los países desarrollados, la miseria afecta fundamentalmente a desempleados, inmigrantes y familias numerosas; pero en nuestro país, en Rusia, el 35% de la gente que cobra menos que el mínimo vital o que están cerca de ese límite son familias de trabajadores que tienen uno o dos hijos. En Rusia, los pobres son, en su gran mayoría, asalariados o retirados. Basta con decir que más del dos trabajadores de cada tres perciben un salario al salario mínimo vital en la agricultura, más de uno de cada dos en el sector de la cultura y del arte. El bajo costo de la fuerza de trabajo da lugar, sobre todo, una falta de interés por el progreso técnico y tecnológico.

Otro importante desequilibrio proviene del hecho que, a pesar del desarrollo del federalismo, seguimos conservando, en el fondo, el sistema financiero de un Estado unitario. Además, si hace unos pocos años todavía era posible justificar esto o explicarlo por la voluntad de mantener la integridad territorial del país, de utilizar los flujos financieros del centro hacia las regiones para consolidar el Estado único, esa explicación deja de tener sentido desde que se construyó una línea vertical de poder con la nominación de los gobernadores. Sobre todo teniendo en cuenta que, en todos los Estados federales, la centralización política se refuerza mediante una autonomía económica creciente de las entidades de la Federación. Pero, ¿de qué aumento de la autonomía económica de nuestras regiones podemos hablar si la mayoría de ellas entregan al centro gran parte de los impuestos que cobran localmente y si ellas mismas dependen por completo de las transferencias y subvenciones del centro federal? A menudo se explica esa práctica alegando la necesidad de equiparar la situación económica y social en el conjunto del país. Eso es realmente indispensable, pero no [debe hacerse] con métodos que no satisfacen ni a las entidades beneficiarias ni a las entidades donantes.

Es innegable que los desequilibrios siguen siendo numerosos en nuestro país. Podemos citar aún:
el decrecimiento de los ritmos de crecimiento de las exportaciones de petróleo y de otras materias primas, que no se compensa con un aumento de las exportaciones de productos de alto valor agregado;
la ausencia de un sistema de créditos a largo plazo con tasas aceptables aunque se hace necesario garantizar un desarrollo económico importante y estable;
el crecimiento de las inversiones extranjeras provenientes del exterior que se limita al sector relativamente estrecho de las materias primas;
el considerable atraso de uno de los países más ricos en productos energéticos en el terreno de la eficacia de la utilización de la energía;
la ausencia de un mecanismo capaz de protegernos con eficacia de una formación de precios de tipo monopolista;
un alto potencial intelectual que no se corresponde con un rendimiento extremadamente pobre que representa sólo el 0,5% de la producción de tecnología de punta y de alta tecnología en el mercado mundial;
y, finalmente, las graves lagunas del mecanismo de toma de decisiones, en la que gobierno sabe de antemano que todos sus proyectos de ley tendrán automáticamente el apoyo de la mayoría parlamentaria cuando sean presentados a la Duma. El ejemplo más flagrante de ello es la llamada ley de monetarización de las ventajas, cuyas graves insuficiencias también tuvieron un impacto negativo en el año 2006, sobre en lo tocante al acceso a las medicinas.

El contexto interno e internacional
Cuando tratamos de analizar la situación política interna del país en 2006, el hecho de que los nacionalistas, bajo el impulso de la xenofobia, levanten la cabeza aparece como uno de los fenómenos más dolorosos. El patriotismo debe ser uno de los rasgos dominantes del ciudadano ruso, o sea el amor por la Patria y por el pueblo. Pero lo que caracteriza a los nacionalistas es el deseo de medir a los demás estableciendo la superioridad de su propio pueblo ante los otros. Algunos consideran que el internacionalismo que le oponemos es una formulación comunista que debiera ser reemplazada por el nacionalismo en las condiciones de desarrollo de Rusia en el marco del mercado. Esa interpretación es completamente falsa y nefasta.

Su carácter nefasto aparece todavía más cuando, por motivos indudablemente sanos –resulta indiscutible– se utiliza una terminología ambigua, como la afirmación de la «democracia soberana» de Rusia.

Claro está, Rusia fue y sigue siendo un Estado soberano, con una larga y rica historia. Naturalmente, las instituciones estatales rusas son originales, al igual que la mentalidad de gran parte de la población, tanto la de los rusos como las de otros pueblos de nuestro país. Rusia marcha hacia valores universales como la democracia pero lo hace siguiendo sus propias vías, que tienen en cuenta las tradiciones, la historia, el carácter multiétnico del Estado y su situación geográfica. Como muchos otros países, Rusia no admite sermones infundados y abstractos del extranjero, y admite menos todavía que traten de imponerle un modelo de estructuración de la sociedad, de forma de administración. Pero es indispensable que todo eso, que forma parte del concepto de soberanía del Estado, no esté al servicio de aquellos que, dentro del país o fuera de él, tratan de alejar a Rusia de los procesos objetivos en desarrollo: la globalización, la internacionalización de la actividad económica, el acercamiento entre las civilizaciones. Es indispensable defender los intereses de Rusia y de toda su población. Pero hay que hacerlo sin una confrontación con otros pueblos y países que resultaría humillante, nefasta y peligrosa para nosotros.

Abordemos ahora el contexto internacional en el que Rusia se desarrolla hoy. El fin de la guerra fría estuvo acompañado de un retroceso del sistema bipolar y una organización multipolar del mundo comenzó a construirse. China y la India, que disponen de un colosal potencial humano, se desarrollan rápidamente. Durante el año 2006, esos dos países sobrepasaron a Estados Unidos, si unimos el PBI de ambos. Dado que el crecimiento económico de China y la India es 2,5 veces superior al de Estados Unidos, parece evidente que son esos dos países los que garantizan el mayor aporte al desarrollo de la economía mundial. El aporte de la Unión Europea también fue superior al de Estados Unidos durante el 2006. Brasil y Argentina se transforman en países posindustriales. El proceso de integración es prometedor en América Latina. Es difícil imaginar que Rusia, cuyo desarrollo es dinámico, no se convierta en un centro autónomo en ese mundo multipolar.

Pero existen obstáculos objetivos para el desarrollo de esa organización multipolar en el mundo. Se trata de la política de Estados Unidos. En las condiciones actuales, este país es el más desarrollado del mundo en el aspecto económico, es el más fuerte en el plano militar y el más avanzado en el aspecto científico y tecnológico. En ese contexto, bajo el gobierno de la actual administración estadounidense, hemos asistido a la consolidación de la influencia de quienes tratan de mantener las posiciones hegemónicas de Estados Unidos durante este período de edificación de una organización multipolar del mundo. Eso repercute de forma negativa en el proceso de neutralización de las amenazas a las que la humanidad se enfrenta desde el fin de la guerra fría.

Citaré tres de ellas. La primera es la proliferación de las armas nucleares y de otros medios de destrucción masiva fuera del círculo de los cinco miembros oficiales del club nuclear que han aprendido a dar pruebas de moderación en las cuestiones relativas al uso de esa arma. La segunda es el terrorismo internacional, que se manifiesta bajo los rasgos del islamismo, aunque no tenga nada que ver con el Islam como religión. La tercera son los conflictos regionales que se agravan. El peligro es tanto más grande cuanto que esas tres amenazas pueden acumularse.

Fracasó la doctrina del unilateralismo. ¿Y después?
En la época de la guerra fría, lo que garantizaba la estabilidad en la arena internacional era la disuasión mutua de los dos superpotencias que dirigían los dos bandos ideológicos opuestos. En otras palabras, estaba basada en una confrontación cuyos límites aparecían claramente delineados.

Hoy en día, conjurar las nuevas amenazas sólo es posible mediante los esfuerzos comunes y dirigidos de todos los grandes centros del mundo unipolar en procese de formación. Pero esa verdad, al parecer indiscutible, está lejos de ser fácilmente realizable. Como quedó demostrado durante la operación de Irak, Estados Unidos se arrogó el derecho exclusivo de decidir qué país representaba una amenaza para la seguridad internacional y de decidir por sí solo si había que utilizar o no la fuerza contra ese país. Al mismo tiempo, proclamó su firme voluntad de exportar la democracia a países cuyo régimen no le conviene.

Ya se ha podido comprobar el fracaso de esa política, fracaso que también admiten numerosos representantes estadounidenses. Hasta el propio presidente Bush admitió recientemente, por primera vez, que Estados Unidos no ha triunfado en Irak. ¡Y de qué manera! Luego de la operación estadounidense, ese país árabe se ha hundido en el caos. Se desató una guerra civil con bases religiosas. El peligro de división del país aumenta cada vez más. Irak se transformó en la principal base de Al Qaeda.

El fracaso de la política estadounidense en Irak asestó un golpe mortal a la doctrina del unilateralismo. Eso fue lo que demostraron las últimas elecciones parlamentarias en Estados Unidos, en las que el Partido Republicano perdió la mayoría en ambas Cámaras.

Pero ese golpe mortal no significa aún el fin de esa doctrina, sobre todo cuando hay quien se las arregla para seguirle prolongando la vida por todos los medios. Prueba de ello es la «nueva estrategia» que proclamó Estados Unidos para Irak. Esta consiste en realidad, para el presidente Bush, en tomar la decisión, a pesar del parecer del Congreso y de la mayoría de opinión pública, de enviar a Irak un refuerzo de 22 000 soldados. Esa decisión es a la vez tonta y sin perspectivas como si, para salir del atolladero iraquí, bastara simplemente con que Estados Unidos aumente en una sexta parte la presencia de sus tropas de ocupación. Esa decisión, de carácter cínico, trata de ignorar el hecho de que el número de soldados estadounidenses muertos en Irak sobrepasa ya el número de víctimas de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, sin mencionar las decenas y decenas de miles de muertos iraquíes.

El hecho es que, en Estados Unidos, se entiende cada vez más ampliamente el perjuicio que ha causado el carácter unilateral de las soluciones de fuerzas adoptadas. Pero eso no significa que la administración estadounidense esté dispuesta a emprender acciones multilaterales universales para contrarrestar los nuevos peligros que amenazan la seguridad y la estabilidad del mundo. Hecho característico, no se apuesta por el fortalecimiento y la modernización del mecanismo internacional universalmente reconocido, o sea la ONU, sino por la extensión del bloque militar de la OTAN.

Creada como organización regional en la época de la guerra fría, en estos momentos la OTAN extiende poco a poco su influencia belicista a otras regiones.

Esa organización desplegó ya sus tropas en Afganistán. Y nadie sabe cómo evolucionará la situación. Por tanto, no podemos menos que sentir alarma cuando vemos, por ejemplo, que ciertos medios de difusión estudian la hipótesis de una intervención armada en Irán y Siria, intervención que podría dirigir la OTAN de no ser Estados Unidos. Naturalmente, hay mucho trecho entre esas discusiones y la concretización de la idea. Muchos miembros de la OTAN se negarán sin dudas a recorrer ese camino. Pero, ¿no hay acaso que estar alertas cuando vemos que los nuevos miembros de la OTAN y los países que quieren integrarse a toda costa a esa alianza están a menudo dispuestos a pagar un precio increíblemente alto por ganarse la simpatía de Estados Unidos?

La Alianza del Atlántico Norte, que no cesa de enrolar a nuevos países, se está acercando a nuestras fronteras. Por supuesto, eso no puede dejar de inquietarnos. Sobre todo porque la ampliación de la OTAN va acompañada de una retórica antirrusa y de una política ofensiva de Estados Unidos en las repúblicas ex soviéticas. Moscú no puede evitar ver en ello actos dictados por el descontento de ciertos medios occidentales al ver que Rusia, que está recuperando su gran potencial prometedor, vuelve a su posición de gran potencia. ¿No es acaso eso lo que demuestra la reacción histérica que provocada, en Occidente, por la resuelta decisión de Rusia de vender sus productos energéticos a los precios del mercado [mundial]?

Russie: una política óptima
En esas condiciones, nuestro país pone en práctica, diría yo, una política exterior óptima. Obligada a consolidar su potencial militar estratégico y táctico, Rusia demostró de todas las formas posibles su voluntad de convertirse en una de las principales fuerzas para la estabilización de la situación internacional. El año pasado confirmó los éxitos de la política exterior rusa: establecimiento de relaciones estrechas, a veces incluso estratégicas, con numerosos países de Asia, en especial con China y la India; voluntad inquebrantable de mantener estrechos lazos con los países europeos; relaciones mutualmente ventajosas con Estados Unidos. Lo más importante es que el presidente Putin adoptó una línea que conjuga la firme defensa de los intereses nacionales de Rusia con la voluntad de evitar toda confrontación con los demás países [1].

Me parece que los políticos occidentales deberían reflexionar sobre el papel y el lugar de Rusia en el mundo actual. No sobre el de una Rusia ficticia en la que la política interna degeneraría en amenaza para sus vecinos, ni sobre el de una Rusia imaginaria que utilizaría con fines imperiales las entregas de productos energéticos a otros países sino sobre el de la Rusia real que no tiene la intención de seguir la estela de ninguna política y que concentra a la vez sus esfuerzos en la lucha contra el terrorismo internacional, contra la proliferación de las armas de destrucción masiva, que no acepta una división del mundo en civilizaciones y religiones, que trata de utilizar sus excepcionales posibilidades en poner fin al extremadamente peligroso conflicto del Medio Oriente, el de la Rusia que aplica una política que haga entrar en razón a aquellos, carentes de juicio, que nada han aprendido en Irak y que se aprestan a reeditar sus mortales actos de fuerza contra los regímenes que no les agradan.

Se puede decir, en conclusión, que el año 2006 fue, en su conjunto, un año exitoso para Rusia. Los procesos positivos predominaron en la economía y la política. Pero los problemas pendientes, ciertos desequilibrios, se vieron con más claridad. Es absolutamente necesario dedicarles la mayor atención a principios de este año 2007, tanto más cuanto que el año será mas complejo debido al contexto electoral.

Evgueni Primakov
Ex jefe de la KGB, sucesivamente ministro de Relaciones Exteriores y luego primer ministro bajo la presidencia de Boris Yeltsin, Evgueni Primakov es autor de Le Monde après le 11 septembre et la guerre en Irak.

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2 Comments:

Anonymous Anonymous said...

Estupendo, Putin es el nuevo Lenin. ¡Cuántas loas a Putin!, me horrorizan. El estado ruso es un estado mafioso, que expolia y explota a sus ciudadanos. Putin representa a la nueva burguesía rusa moscovita que necesita un estado fuerte que la proteja.La gobierno de Putin es el triunfo de golpismo mafioso ruso

6:39 AM

 
Anonymous Anonymous said...

Repetimos el texto que comienza este artículo, por si alguien le lleva a equívocos:

"El destacado dirigente del imperialismo ruso habla de un nuevo ciclo económico que necesariamente enfrentará a Rusia con el imperialismo norteamericano y que reeditará la llamada "Guerra fría"

2:10 AM

 

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